Crónica desde Ibiza: lluvia, lecturas de tarot y una reflexión sobre receptividad, carga mental y estrés. Cómo relajarte para que tu intuición vuelva a fluir.

Este viaje a Ibiza me dejó una enseñanza que no esperaba. Fuimos a trabajar, a mover energía, a leer tarot… y nos llovió. Mucho. De esa lluvia que te obliga a rendirte, a cambiar el plan y a aceptar que hoy toca ir más lento. Y en medio de esa pausa forzada, leí muchas tiradas de tarot.
Hay algo que sigue sorprendiéndome, incluso después de tantas lecturas: la diferencia abismal entre una persona que llega receptiva… y otra que llega hermética. ¡OJO! No hablo de “creer” o “no creer”. No hablo de inteligencia, ni de espiritualidad, ni de que una sea mejor que otra. Hablo de un estado interno. De una puerta. La receptividad no significa venir feliz ni “perfecta”. A veces la mujer más receptiva llega cansada, con dudas, con el corazón removido. Pero hay una rendija abierta. Un “me permito mirar”. Un “quiero entender”. Y entonces, la lectura fluye. La información se ordena. Las cartas parecen hablar un idioma claro. La persona lo reconoce, lo siente, lo integra. No hay que empujar. Es como agua entrando en tierra blanda.
Y luego está el otro extremo: mujeres que llegan con una armadura por dentro. Se nota en el cuerpo, en la forma de respirar, en la necesidad de control, en la tensión. Como si estar abiertas fuese peligroso. Y ahí, por más que barajes, por más que preguntes, por más que acompañes… es difícil “extraer” nada con profundidad. No porque el tarot no funcione. Sino porque la intuición necesita espacio. Y cuando todo está apretado, no entra nada. Cuando el sistema nervioso está en alerta, lo sutil se queda sin aire.
En Ibiza, con la lluvia cayendo, pensé: esto es exactamente lo que nos pasa en la vida. Muchas veces no es que no tengamos respuestas. Es que no tenemos espacio para escucharlas.
La carga mental nos vuelve herméticas. La carga emocional también. Las prisas. Las pantallas. El “tengo que”. El “ya luego”. El sostener a todo el mundo. El estar siempre disponibles. Y el cuerpo, que es sabio, se protege como puede: tensión, control, hiperactividad mental, desconexión del sentir.
Y cuando vivimos así, no solo cuesta que el tarot “entre”. Cuesta que entre la vida. Cuesta descansar. Cuesta disfrutar. Cuesta tener claridad. Cuesta escuchar el cuerpo antes de que grite. Cuesta incluso sentir intuición, porque la intuición no compite con el ruido: se apaga.
Aquí viene la pregunta incómoda (pero amorosa): ¿y si no es que estás perdida… sino que estás cansada?

A veces la diferencia entre “no sé qué hacer” y “lo veo claro” no está en pensar más. Está en relajarte. En soltar un poco el control. En bajar el volumen interno. La receptividad se entrena con cosas simples y reales: un paseo sin móvil, una conversación honesta, respirar antes de responder, dormir un poco mejor, volver al cuerpo, permitirte silencio. No es glamour, pero es medicina.
Y hay otra cosa que también lo facilita muchísimo: salir del entorno que te mantiene en modo supervivencia. No siempre podemos hacerlo, lo sé. Pero cuando lo hacemos, aunque sea un fin de semana, el cuerpo lo agradece de una forma que no se puede explicar solo con palabras.
Por eso existen los retiros. No como “capricho espiritual”, sino como un corte limpio en la rutina para volver a ti. Un lugar donde tu sistema nervioso por fin recibe el mensaje de: “estás a salvo, puedes aflojar”.
Como sabes, yo acompaño un retiro en los Montes de Málaga (Andalucía), de viernes por la tarde a domingo al mediodía, pensado justo para esto: bajar defensas, respirar, reconectar con tu energía y recuperar claridad. Sin exigencias, sin humo. Naturaleza, calma, trabajo energético y un ritmo humano.
Si al leer esto te ha hecho “tic” por dentro, quizás no sea casualidad. Escríbeme y te envío el dossier con toda la información del retiro.
Nos amo,
Irene

